Aprendiendo a estar de nuestro lado
Ayer tuvimos el privilegio de escuchar a Pablo R. Coca, psicólogo y creador de Occimorons, en una charla que nos recordó lo fundamental que es aprender a estar de nuestro lado. No siempre es fácil, pero es posible.
Pablo comenzó compartiendo la historia de su hermana Laura, de su Síndrome 22q11 y de las consecuencias físicas y mentales del acoso escolar que sufrió. Crecer en esa situación fue como «vivir disociado», sin entender realmente qué estaba pasando. Durante años, pensó que su hermana solo buscaba atención, y esa incomprensión lo llevó a alejarse de ella. Como él mismo explicó: «Estaba tan desconectado de mí mismo que no podía conectar con su malestar». El punto de inflexión llegó cuando, a través de una asociación, conoció a otros hermanos de personas con el mismo síndrome. Allí se dio cuenta de algo crucial: no estaba loca, estaba sufriendo. Fueron esas personas quienes «le devolvieron la mirada» y le ayudaron a entender que lo que vivía era real.
El estigma y la importancia de ser vistos
Pablo también habló del estigma en salud mental, que definió como esas creencias y actitudes negativas hacia los problemas de salud mental y las personas que los padecen, llevando a la discriminación y exclusión. En este contexto, es especialmente importante que la persona que acompaña o que ayuda tenga en cuenta ciertos principios. Uno de ellos es comprender que todas las personas tienen un «punto de ruptura» a partir del cual entran en crisis, es decir, en un estado de desestabilización originado por la vivencia de esa situación crítica, en la que los recursos personales de afrontamiento se ven desbordados.
La atrofia narrativa: cuando no podemos contarnos
En su charla, Pablo profundizó en un concepto clave: la «atrofia narrativa» que vivimos en estos tiempos de redes sociales y días acelerados. Si no podemos contarnos lo que nos pasa, no podemos acompañarnos en ello. Y esto es fundamental porque narrar nuestra historia cumple funciones esenciales:
1. Da sentido a lo que vivimos y nos ayuda a construir quiénes somos
2. Ordena nuestras emociones y permite transformarlas en algo que se puede pensar y compartir
3. Nos conecta con los demás, creando vínculos y pertenencia
4. Nos permite imaginar el futuro y escribir nuevos capítulos de nuestra vida
Cuando esta capacidad narrativa falla, aparecen consecuencias importantes. Pablo las detalló con claridad: falla la autocomprensión y aparece el vacío existencial, sin relato propio el joven no logra situarse en su historia ni en el mundo, lo que genera una sensación de extrañeza y soledad interior. Falla la comunicación y se deterioran los vínculos, al no poder narrar lo que uno siente, se dificulta pedir ayuda, conectar emocionalmente y sentirse visto. Esto se asocia a más riesgo de sentirse aislado, de percibir soledad y de desarrollar síntomas internalizantes como depresión y ansiedad. Falla la integración social y aparece la crisis de identidad, especialmente en la adolescencia, que es el momento en que el yo se construye en diálogo con los demás. Si ese diálogo no puede producirse narrativamente (no se contar quién soy), se experimenta una soledad identitaria: «nadie me entiende porque ni yo sé explicarme». Y finalmente, falla «verse a uno mismo en un futuro» y disminuye la esperanza. Cuando la mente no puede imaginar futuros posibles o versiones distintas de sí, el joven se siente atrapado, sin horizonte. Esto puede favorecer la soledad desesperanzada o existencial.
Tres puntos para aprender a estar de nuestro lado
Pablo nos recordó que la importancia de los vínculos es fundamental. Aprendemos a entendernos y a estar de nuestro lado a través del otro, porque necesitamos ser vistos, ser parte de algo y ser reconocidos. Los vínculos nos construyen: empezamos a entendernos y a estar de nuestro lado a través del otro.
La atrofia narrativa se convierte entonces en un obstáculo real: si no puedo contarme lo que me pasa, no puedo acompañarme en lo que me pasa.
Para hacernos cargo del vínculo con nosotros mismos, Pablo propuso cinco pasos esenciales: notar lo que sentimos en relación a ellos, tolerar esas emociones dándoles un espacio, reconocerlas aunque sean dolorosas, validarlas aunque no nos gusten o estemos de acuerdo, y finalmente hacernos cargo de ellas.
La metáfora del mar y la necesidad del vínculo seguro
Utilizó una metáfora muy visual para ilustrar este proceso: enfrentar nuestras emociones es como meterse en el mar en lugar de quedarse en la tumbona. Al principio puede dar miedo, pero poco a poco te acostumbras. Y aquí Pablo hizo una distinción importante: «Una cosa es que me digan cómo tengo que quererme, y otra muy distinta es que mi cuerpo experimente, a través del vínculo, que merezco ese trato y que yo ME LO PERMITA».
Para narrarnos, necesitamos un vínculo seguro. Sin vínculo no hay palabra posible, porque nadie puede contarse si no se siente escuchado.
La colectividad como salvación
Pablo cerró su charla recordándonos que la salud mental es mirarse, que necesitamos sostenernos unos a otros y que la colectividad es fundamental. «Ayudar a seguir adelante es un hilo poderoso que te puede salvar», afirmó. Y nos dejó con una pregunta poderosa: ¿Dónde queda la alegría de nuestro día a día? Porque perderla genera daño.
El mensaje central resonó con fuerza: «Esto es lo que me pasó, esto es lo que sentí, y así es cómo puedo acompañarme ahora». Gracias a Pablo R. Coca por compartir su historia con tanta honestidad y por recordarnos que aprender a estar de nuestro lado es un acto de valentía y amor propio. Porque cuando aprendemos a cuidarnos, también aprendemos a cuidar mejor a los demás.