XVII Jornada de Nutrición, Salud y TCA: contra el estigma, por el cuidado y la implicación de todos
El pasado 1 de junio, coincidiendo con el Día Mundial de Acción por los Trastornos de la Conducta Alimentaria, se celebró la decimoséptima edición de las Jornadas de Nutrición, Salud y TCA, organizadas conjuntamente por la Unidad de TCA del Hospital Infantil Universitario Niño Jesús y el Máster de TCA y Obesidad de la Universidad Europea de Madrid. Bajo el lema «Contra el estigma, por el cuidado y la implicación de todos», la jornada reunió a clínicos, investigadores, familias y representantes de asociaciones y fundaciones para compartir conocimiento, debatir los retos más actuales y reivindicar que la recuperación es posible cuando todos remamos en la misma dirección.
Apertura: los TCA como problema de toda la sociedad
El Dr. Julio Zarco, gerente del Hospital Niño Jesús, abrió la jornada recordando que el estigma en torno a los trastornos alimentarios no es únicamente social: persiste también entre los propios profesionales sanitarios, y eso tiene consecuencias reales en la vida de los pacientes. Subrayó que el cuidado ha de ser compartido y que la voz del paciente debe integrarse en el proceso asistencial desde el primer momento. La Dra. Natividad Pérez, decana de la Facultad de Ciencias Biomédicas y de la Salud de la Universidad Europea, añadió que el bienestar no puede entenderse de forma aislada: recuperarse de un TCA es un proceso que se construye de manera colaborativa entre pacientes, familias, profesionales e instituciones, en línea con el enfoque One Welfare que la universidad promueve en su modelo académico.
La digitalización y los TCA: cuando la enfermedad aprende marketing
La primera ponencia corrió a cargo de la Dra. Beatriz Martínez, psiquiatra infantil y coordinadora del Hospital de Día del Niño Jesús, quien arrancó con un caso clínico que ilustra perfectamente el problema: una niña de once años ingresada con desnutrición severa cuyo detonante había sido una tendencia viral en TikTok conocida como la «dieta Disney». Lo llamativo no era solo el contenido, sino su envoltura: imágenes coloridas, música, gamificación. La enfermedad ya no se presenta como sufrimiento, sino como disciplina, autocuidado o estilo de vida saludable.
La Dra. Martínez identificó tres factores que distinguen el entorno digital actual de la presión estética que siempre ha existido: la intensidad de la exposición, que ya no se apaga al salir de casa sino que viaja en el bolsillo; la frecuencia, con adolescentes que pasan entre cinco y siete horas diarias frente a pantallas de entretenimiento; y la personalización, porque el algoritmo no muestra lo que el usuario necesita, sino lo que le hace quedarse más tiempo conectado. Esta combinación resulta especialmente peligrosa durante la adolescencia, una etapa de construcción de la identidad en la que la validación del grupo de iguales es crucial y el cerebro es especialmente sensible a la recompensa inmediata.
Frente a esto, la ponente fue clara: demonizar las redes no es la solución, pero tampoco lo es ignorarlas. Los hábitos digitales deben incorporarse a la evaluación clínica, trabajar con los pacientes la gestión activa del algoritmo forma parte del tratamiento, y la prevención tiene que ser también digital. Todo ello acompañado de una legislación más exigente con las empresas tecnológicas y de un acompañamiento familiar real en el uso de la tecnología.
Cuando el TCA persiste: un cambio de paradigma necesario
La Dra. Belén Unzueta, psiquiatra de la Unidad de TCA del Hospital Santa Cristina y directora médica del Centro Maradán, abordó uno de los territorios más complejos del campo: los trastornos de larga evolución, aquellos en los que los síntomas persisten durante años a pesar de múltiples tratamientos de calidad. Lejos de ser sinónimo de incurabilidad, esta categoría exige repensar qué significa el éxito terapéutico.
Los datos son esperanzadores a largo plazo, pero el camino es largo y la plasticidad cerebral, aunque se mantiene latente, necesita tiempo y estabilidad para reorganizar los esquemas de pensamiento. Para el subgrupo de pacientes que no responde a ningún tratamiento disponible, la Dra. Unzueta propuso un giro ético y clínico: abandonar el objetivo de la curación rápida y orientarse hacia la reducción del sufrimiento, la mejora de la calidad de vida y la preservación de la dignidad. Esto no es una alianza con el trastorno ni una renuncia; es una adaptación honesta al alcance real de la medicina.
La ponente presentó casos clínicos ilustrativos y repasó las herramientas terapéuticas más prometedoras en este contexto, incluyendo adaptaciones de la terapia cognitivo-conductual para la cronicidad, terapias de tercera generación como ACT y DBT, el modelo MANTRA, y avances en neuromodulación como la estimulación magnética transcraneal. Dedicó también un espacio importante al impacto emocional en los propios profesionales: la fatiga por compasión, la contratransferencia y la frustración ante la falta de progreso convencional son realidades que exigen supervisión clínica, trabajo en equipo y autocuidado. Cerró con una cita de Hipócrates que resume bien la filosofía de la jornada: «La medicina a veces cura, a menudo alivia, pero siempre debe consolar.»
Detección precoz: cada contacto es una oportunidad
La Dra. Raquel Jiménez García, pediatra referente en la unidad de TCA del Niño Jesús, puso el foco en algo que puede cambiar radicalmente el pronóstico de un paciente: detectar el trastorno lo antes posible. El problema es que el TCA no siempre se presenta de forma clásica, especialmente en niños y adolescentes. Muchos debutan con síntomas físicos como dolor abdominal, cansancio o falta de menstruación, sin verbalizar en ningún momento un deseo de adelgazar. Presentó el caso real de una adolescente que había consultado a diez especialistas diferentes sin recibir un diagnóstico, porque cada profesional veía su parte sin integrar la trayectoria completa.
La clave, según la Dra. Jiménez, no está solo en reconocer las señales, sino en hacer la pregunta directa cuando algo no cuadra. Propuso un sistema de semáforo con tres niveles de alerta —cambios iniciales sutiles, deterioro progresivo y situación de urgencia médica— y dejó un mensaje claro: la pregunta clínica nunca induce el trastorno, solo lo hace visible. Cualquier profesional, sea cual sea su especialidad, y también las familias, los profesores o los entrenadores, puede detectar señales y actuar sin esperar a que llegue la derivación especializada.
Las familias: de la culpa al rol protector
Pepi Aymat, presidenta de ADANER Madrid y madre de un hijo recuperado de un trastorno alimentario, ofreció el testimonio más emocionante de la jornada. Describió con honestidad y generosidad lo que supone para una familia descubrir que uno de sus miembros tiene un TCA: el caos, la culpa, los errores cometidos por falta de información, la sensación de que la casa se convierte en un estado policial sin quererlo. Y también el larguísimo proceso de acompañamiento, los años de invierno duro, el momento en que su hijo pudo abrazarles de nuevo como señal de que algo estaba cambiando, el miedo al alta y a retomar una vida que parecía olvidada.
Su mensaje fue de esperanza sin edulcorante: es posible recuperarse, construir una vida plena, tener ilusiones y proyectos propios. Y también aprendió que los padres necesitan recuperar su propia vida para acompañar bien: no por egoísmo, sino porque verles vivir también fue para su hijo una señal de que el mundo seguía y valía la pena habitarlo.
Competencias profesionales: saber no es suficiente, hay que ser competente
La Dra. Montserrat Graell, directora clínica del Máster y jefa de Psiquiatría del Niño Jesús, abordó algo que no siempre ocupa el lugar que merece en la formación: qué hace falta, más allá de los conocimientos técnicos, para tratar bien a una persona con un TCA. La relación terapéutica no es un complemento del tratamiento, es parte del tratamiento. Y construirla con estos pacientes es especialmente difícil, porque tienden a mostrar desconfianza, temen el cambio, configuran su identidad alrededor del trastorno y a menudo presentan alteraciones cognitivas que dificultan la conexión.
La Dra. Graell repasó las fases de esa relación —conocimiento, confianza y resignificación— y las características que la investigación asocia con mejores resultados: empatía genuina, tolerancia a la frustración, flexibilidad, paciencia, capacidad de infundir esperanza de forma realista, habilidad para manejar ideas sobrevaloradas y, sobre todo, evitar el lenguaje estigmatizante. Distinguió con precisión entre tener competencias y ser competente: lo segundo implica integrar el conocimiento con las habilidades, las actitudes y la ética en situaciones reales, no en un examen. Y anunció un logro importante: la rotación en unidades de TCA es ya obligatoria en el MIR de Psiquiatría Infantil en España.
El papel de las fundaciones: innovación, prevención y segunda oportunidad
La Dra. Raquel Linares, directora de la Fundación FITA, mostró cómo las fundaciones pueden ocupar espacios que ni el sistema público ni la clínica privada alcanzan. Habló de los pisos de rehabilitación psicosocial en Barcelona, un recurso residencial con casi veinte años de funcionamiento que permite a los pacientes, especialmente a los de larga evolución, pasar del ingreso a una vida autónoma de forma gradual y acompañada. Muchos de ellos encuentran allí algo que el trastorno les había arrebatado: una segunda familia, un lugar seguro, un ritmo de vida posible.
Presentó también el proyecto intergeneracional, una de las iniciativas más originales de la fundación: talleres comunes entre pacientes en recuperación y mujeres mayores de ochenta años en residencias. Lo que surgió de ese encuentro entre generaciones tan distintas fue un vínculo inesperadamente poderoso: las señoras mayores sintieron que su experiencia de vida era valiosa y útil; las chicas encontraron una mirada sin juicio que las devolvía a sí mismas. El proyecto, que ya cuenta con un cortometraje documental, se replicará próximamente en Madrid con pacientes del Niño Jesús. Raquel Linares mencionó también años de prevención secundaria en institutos que demuestran algo sencillo y contundente: cuando una comunidad entera conoce los TCA durante suficiente tiempo, los casos se detectan mucho antes.
Clausura: el estigma como problema clínico, no solo moral
La conferencia de clausura fue impartida en formato grabado por la Dra. Eva Trujillo, directora del Centro Comenzar de Nuevo de Monterrey y expresidenta de la Academy for Eating Disorders. Su propuesta fue desafiante: gran parte del estigma persiste porque seguimos interpretando los trastornos alimentarios desde modelos que ya no reflejan lo que la ciencia nos ha enseñado. Y cuando una enfermedad se entiende desde modelos incompletos, proliferan los estereotipos, los retrasos diagnósticos y las intervenciones insuficientes, incluso entre profesionales bien entrenados.
Repasó las transformaciones que las últimas décadas de investigación han impuesto: sabemos que los TCA tienen una vulnerabilidad biológica real, con una arquitectura genética compleja relacionada con la ansiedad, los rasgos obsesivos y variables metabólicas. Sabemos que implican alteraciones en circuitos cerebrales de recompensa y en la capacidad de percibir e interpretar las señales internas del propio cuerpo. Sabemos que no afectan solo a mujeres jóvenes y delgadas, sino que atraviesan géneros, edades, cuerpos y culturas. Y sabemos que el peso visible no refleja necesariamente la gravedad de la enfermedad: pacientes con anorexia atípica pueden estar siendo felicitados por la misma pérdida de peso que los pone en riesgo.
Su conclusión fue nítida: reducir el estigma no requiere menos rigor científico, sino exactamente lo contrario. Requiere modelos más precisos, más complejos y más humanos. Porque, como afirmó al cerrar su conferencia, la precisión clínica también es una forma de compasión.
Un mensaje compartido
La jornada cerró con la satisfacción de haber abordado, en pocas horas, casi todas las aristas de un problema que no tiene solución en un solo despacho ni en una sola disciplina. El estigma sigue existiendo y tiene consecuencias clínicas reales. La detección precoz salva vidas cuando todos saben qué señales buscar. La recuperación en casos de larga evolución es posible si se redefinen los objetivos con honestidad. Las familias, bien acompañadas, son un factor protector extraordinario. Y las fundaciones, las asociaciones y los espacios comunitarios hacen posible lo que los sistemas formales no siempre pueden alcanzar. Juntos, como reza el lema, es la única forma de que esto funcione.